Cruceros
La Patella ferruginea y el precio de nuestra identidad natural
Recientemente, el debate público en Melilla se ha visto sacudido por unas declaraciones que, bajo la apariencia de «sentido común» presupuestario, esconden un profundo desconocimiento de lo que significa el patrimonio. Calificar de «paroxismo» el gasto de 50.000 euros para el traslado y protección de catorce ejemplares de Patella ferruginea no solo es un error político, sino una falta de respeto a la riqueza biológica que hace de nuestra ciudad un enclave único en el Mediterráneo.
Un tesoro en peligro crítico.
Para quienes ven en estas lapas un simple obstáculo de hormigón, conviene recordar los hechos: la Patella ferruginea es una especie en peligro crítico de extinción. Goza del mismo nivel de protección legal que el águila imperial.
Melilla tiene el privilegio —y la enorme responsabilidad administrativa— de albergar una de las mejores poblaciones del mundo de este molusco. No estamos hablando de «caracoles marinos» sin importancia; estamos hablando de un eslabón vital de nuestro ecosistema costero que está desapareciendo de todo el planeta.
¿Dónde está el verdadero derroche?
Resulta cínico llevarse las manos a la cabeza por una partida de 50.000 euros destinada a cumplir la ley ambiental y preservar la naturaleza, mientras el dinero público fluye con frecuencia hacia:
Contratos menores de dudosa utilidad que se pierden en la burocracia.
Eventos efímeros y fastos que no dejan huella ni beneficio estructural en la ciudad.
Si comparamos el coste de esta operación de rescate con el presupuesto anual que Melilla destina a publicidad institucional o a subvenciones a entidades que poco aportan al bienestar común, los 50.000 euros no solo dejan de ser «paroxismo», sino que se revelan como una inversión mínima en responsabilidad ética.
El patrimonio no es solo ladrillo
El presidente de la Ciudad debería entender que el patrimonio de Melilla no termina en sus murallas ni en sus edificios modernistas. Nuestro patrimonio es también nuestra costa, nuestro mar y las especies que en él habitan.
Una obra en el puerto, como es la nueva puerta de acceso, puramente estética y de varios cientos de miles de euros tiene un valor temporal; la extinción de una especie es para siempre.
Defender la lapa ferruginea es defender una Melilla consciente de su entorno, una ciudad que respeta la legalidad internacional y que entiende que el progreso económico no puede ser la excusa para el analfabetismo ecológico. Si el Gobierno local no es capaz de valorar lo que nos hace únicos, difícilmente podrá gestionar con altura de miras el futuro de nuestra ciudad.
Proteger nuestra biodiversidad no es una locura: es el seguro de vida de nuestro ecosistema y un deber moral con las generaciones venideras. Lo que raya en el paroxismo no es salvar la naturaleza, es ignorar su valor.
